La anestesia general tiene tres fases: inducción, mantenimiento y despertar.
Cuando entré en AnestesiaR era R2 y todavía llevaba el bolsillo cargado de bolígrafos, dudas y la sensación permanente de llegar tarde a todo. De la mano de un grupo de personas entusiastas descubrí entonces otra manera de hacer ciencia, de compartir conocimiento y de formar a quienes algún día ocuparían nuestro lugar en el lado oscuro del quirófano.
Aquella fue mi inducción.
AnestesiaR nació en el “Melapela” del Hospital Universitario Fundación Alcorcón de la mano de dos Danieles—la idea de Daniel Arnal y el entusiasmo de Dani Paz— en una época en la que divulgar conocimiento médico en internet tenía todavía algo de aventura. No existían tantas herramientas, ni tantas redes, ni esa sobreabundancia de información que ahora nos obliga a separar constantemente lo valioso del ruido. Había, sobre todo, ganas. Ganas de aprender, de enseñar, de debatir, de cuestionar lo establecido y de construir un espacio en el que la anestesiología pudiera explicarse con rigor y compartirse con generosidad.
Después llegó el mantenimiento.
Durante estos años he visto crecer el proyecto (con el liderazgo de Anna Abad, Ana González Duque, Alberto Gironés, Manuel Molina, Rubén Ferreras, Diana Zamudio y Santiago García del Valle), transformarse y reunir a profesionales que dedicaban una parte de su tiempo —ese bien escaso que nunca aparece reflejado en una nómina— a leer, investigar, escribir y enseñar. Han sido tantos, tan buenos, tan generosos (alguno de los cuales ya no está entre nosotros) que intentar intentar hacer una lista de agradecimientos se quedaría inexorablemente corta.
También he comprobado que la medicina avanza porque alguien se hace una pregunta y decide no guardársela; porque alguien revisa un artículo, discute un protocolo o convierte su experiencia en conocimiento útil para los demás.
AnestesiaR fue para nosotros —los que entramos al principio y los que se unieron después— todo eso: una forma diferente de permanecer despiertos dentro de la profesión. Un lugar en el que la ciencia no descendía desde un púlpito, sino que se construía entre muchas manos. Un espacio que me permitió madurar como anestesióloga, pero también como divulgadora y como persona.
Y ahora ha llegado el despertar.
Hace tiempo que mi vida tomó otros caminos. Colgué la bata en la práctica cotidiana, aunque algunas prendas dejan una marca en la piel incluso después de quitárnoslas. Sigo creyendo que el conocimiento solo tiene sentido cuando se pone al servicio de alguien. Pero también sé que hay etapas que no deben prolongarse por costumbre ni por nostalgia.
Para nosotros, todos los que hemos trabajado para construir AnestesiaR durante tantos años, ha llegado el momento de despedirnos. De ceder el testigo de la curiosidad a quienes vienen detrás: profesionales con nuevas preguntas, otras herramientas y el mismo entusiasmo que nos reunió al principio. Ellos serán quienes continúen formando a los futuros anestesiólogos y manteniendo vivo ese modo abierto, riguroso y generoso de compartir ciencia.
No sé si las despedidas producen dolor al despertar. Probablemente sí. A veces dejan una ligera desorientación, como cuando abrimos los ojos y tardamos unos segundos en recordar dónde estamos. Pero también significan que el procedimiento ha terminado, que todo ha ido bien y que podemos comenzar otra etapa.
Gracias a quienes nos acompañaron durante todos estos años. A quienes escribieron, leyeron, comentaron, discutieron y enseñaron. A quienes hicieron de AnestesiaR mucho más que una página en internet.