Los anestesistas somos como Spiderman

Tengo una tía que tiene el Premio Nobel al regalo más espantoso. En serio. Estas navidades me regaló una taza en la que se ve un médico todo peripuesto al lado de una leyenda que pone «Los verdaderos superhéroes no llevan capa». Tal cual. Es de esos regalos que los abres y no sabes qué decir y te limitas a murmurar un «gracias» lastimero.

 

Dentro del campo del campo de la Medicina, hay mucho superhéroe, no digo yo que no. También hay mucho villano, pero eso lo dejamos para otro post. Vamos a por los superhéroes.

 

Por ejemplo, los radiólogos. Son como Daredevil. Ellos no ven al paciente, pero sus otros sentidos están tan desarrollados que son imprescindibles para sacarlo adelante.

 

O los cirujanos cardíacos. Los cirujanos cardíacos son como Supermán. Vienen de un planeta extraño. Parecen tipos normales. A veces bastante torpes. Pero pueden congelar tu corazón y detener el tiempo.

 

¿Y los anestesistas? ¿Qué somos los anestesistas?

 

Los anestesistas somos Spiderman. ¿No lo creéis? Vais a ver:

 

Tenemos un sentido arácnido, que nos avisa de los problemas:
—Oye, Jomeini, que vamos a cambiar el orden del parte para poner este paciente al final.
A ti te da en la nariz que te la están dando con queso y preguntas:
—¿Por?
—No, por comodidad, mujer, no seas tan susceptible.
Y el paciente del final es un cromo con más años que Matusalén y tan diabético que tiene las pestañas «garrapiñás». Y te ves sin cama en Críticos y atrapada en el quirófano dos horas mientras el cirujano se va a su casa tan ricamente.

 

Y entonces, tú, te subes por las paredes.

 

Todo siempre es culpa tuya. A la embarazada le duele la espalda un mes después de dar a luz y es por la epidural, no porque haya llevado un sobrepeso de veinte kilos en el embarazo. El recién operado de apéndice se pasa 24 horas vomitando y la culpa es del poquito de propofol que le has puesto en la cirugía, del que ya no guarda ni el recuerdo («Eso es que estás echando la anestesia», le dicen), no de que le hayan revuelto las tripas arriba y abajo y le hayan llenado de gas como un globo. Como Spiderman, el pobre, que encima de que resolvía el problema, le caían todas las culpas.

 

Y además nuestro mejor amigo es el malo. O, como yo, nos casamos con ellos. Que quién me manda a poner un traumatólogo en mi vida.

 

Pero, como Spiderman, nuestro cuerpo puede soportar un dolor extremo. Y aún somos capaces de ajustar la luz del quirófano. Y de poner la música. Incluso de bailar al ritmo.

 

¿Es o no es?
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